Menú

30 años de “From Dusk Till Dawn”

Compartir

Paulo Soria para "Escribe Monstruo Escribe"

Hubo un momento en los noventa en que el cine fue como ir a los fichines con amigos. Del Crepúsculo al Amanecer (From Dusk Till Dawn, 1996) nació exactamente ahí: en el pico de expansión creativa de Quentin Tarantino y en el punto justo del estilo de Robert Rodríguez. Dos amigos jugando en las primeras ligas a hacer el cine que les gustaba.

El guion de Tarantino es un animal de dos cabezas. Empieza como una road movie de pistoleros, seca, tensa. Tarantino escribe personajes impredecibles, silencios incómodos, estallidos brutales. Nada hace sospechar lo que viene.

Y de pronto la película se rompe. O mejor: se libera. El relato pega un volantazo imposible y se convierte en una fiesta gore de vampiros. Ese quiebre no es un truco: es una declaración de principios. Es como si el guion dijera que el cine no tiene por qué pedir permiso para mutar, que una historia puede cambiar sin traicionar su propio contrato (en este caso mejorándolo), para salir corriendo hacia el género que más le divierta. 

Ahí entra Rodriguez y hace lo que mejor sabe hacer: convertir el caos en una celebración visual y rítmica. Puro cine. Su puesta en escena tiene la precisión de un artista y la insolencia de un fan de videoclub. Filma el bar Titty Twister como si fuera el último templo del cine clase B, un escenario donde todo vale: sangre, riffs, monstruos de látex y más sangre. Rodriguez está en su punto justo, todavía con el espíritu de El Mariachi: la convicción de que con imaginación se puede reemplazar cualquier presupuesto.

La película respira actitud rockera de fin de siglo XX. Los personajes se mueven como integrantes de una banda, listos para romper todo. Hay algo profundamente generacional en ese tono, una mezcla de cinismo y entusiasmo que definió a los noventa como un manifiesto.

Una genialidad de Tarantino y Robert Rodríguez

Pero lo más hermoso de From Dusk Till Dawn no es su locura formal ni su desfile de criaturas, sino el espíritu de amistad que se percibe en cada plano. Se nota que es una película hecha entre cómplices. Tarantino, Rodriguez, Clooney, Keitel, Savini, Hayek: todos parecen estar jugando al mismo juego. Lo lúdico es el motor del film. La sensación es que el set fue una fiesta a la que nos dejaron entrar.

Por eso, treinta años después, la película sigue siendo una inspiración para cualquiera que haya soñado con hacer cine de adolescente. Como nos pasó a nosotros. Demuestra que crecer no tenía que significar abandonar los monstruos, sino aprender a filmarlos. Tarantino y Rodriguez mostraron que el camino no era imitar a los adultos serios, sino conservar la mirada del pibe que rebobinaba un VHS para volver a ver la misma escena.

Del Crepúsculo al Amanecer es, en el fondo, un recordatorio de que el cine puede ser un acto de amistad y de juego, un territorio donde la imaginación manda más que las reglas. 

Para los que alguna vez nos encerramos a escribir guiones imposibles o a filmar con una cámara prestada, la película sigue diciendo lo mismo: eso que te gusta, eso que te parece demasiado raro, también merece volverse grande. Y si es con tus amigos, mejor.